El señor se sube a la camioneta, abre un saco y les muestra a las damas el contenido.
Los suspiros y murmullos llenaron el espacio. El hombre mete las manos y saca de allí media docena de mangos amarillos, maduros, hermosos y deseables.
Me quedo mirando la escena. Les llena un par de fundas a cada una y yo pregunto desde arriba:
—¿A cómo están los mangos? Quiero una docena. El h
ombre mira desde la camioneta, me señala y dice:
—Miren, es el periodista de Cotuí. Me reí de buena gana porque pensé: «Si me conoce, los mangos serán más baratos».
Nada que ver. El hombre me invitó a bajar con una funda (o una lata) y, después de recordarme mis andanzas por la televisión y algunos programas, dijo que los mangos no estaban en venta, que eran un regalo para sus amigas y que ahora yo también era amigo suyo.
Por eso subí con mi funda de mangos… o de bendiciones, porque así es como los veo. Feliz tardes,
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